jueves, febrero 24, 2005

Nunca es tarde

(Dedicado a esos niños...)


La tarde se convierte en oscuridad. Los silencios y las luces se apoderan de una ciudad castigada por el ruido de los coches. En un pequeño piso del centro de Gijón…

- Madre, es hora que se acueste – le dijo agarrándole la mano con ternura.
- No, espera. Espera, hija. Ahora que estamos a solas, quiero contarte algo antes de dormir. Sé que ya no tengo mucho tiempo y no quiero marchar con esta pena.
- No tienes nada que contarme, todo está olvidado. Hace años borré la memoria, y regresé a España para recobrar mi identidad y mi familia. Lo demás, aunque sé que quieres hablar de ello, no importa.
- Ya, ya lo sé…Nunca tuve un regalo mejor que el volverte a ver, a ti y a tus dos hijos, aunque a estos, sólo haya sido a través de fotografías. Espero que algún día, antes de morir, vengan desde Rusia a conocer a su abuela – un suspiro entrecortó la voz cálida de la madre, quien sujetaba la mano tendida de su hija.
- Seguro, madre. No te preocupes…Pues, venga…¡A la cama!, qué ya te está esperando tu marido en el quinto sueño.
- No, aguarda. Me he propuesto que hoy sea el día de liberar esta carga. Quiero que conozcas toda la verdad, toda…- se levantó sujetándose en su bastón, caminó con fragilidad desapareciendo por unos instantes. De regreso, traía un sobre cerrado que le tendió con signos expresivos del amor que le profesaba.
- ¡Mira que eres terca!, traiga…
- Hija, esta carta que ahora vas a leer es parte importante de mi vida, espero que me sepas perdonar…

En el exterior del sobre sólo aparecía un breve texto: “A mi hija”. Lo abrió con suavidad, se dispuso a leer en voz alta:

Querida, hija:
La vida nos ha vuelto a reunir ahora que ya somos mayores, muy mayores. Ha sido una recompensa, un premio tras los muchos años en que hemos estado separadas. Siempre te quise como a nadie en este mundo.
Sabes que me estoy muriendo. Mi corazón se va apagando lentamente por la edad. Mis noventa y cuatro años son suficientes para decir con fuerza que he vivido, quizás, más de la cuenta. Y, antes que todo termine, antes que tus visitas se conviertan en ramos de flores depositados en una lápida, quiero narrarte cómo sucedió todo, por qué te embarqué en ese barco, por qué te separé de mi.
Corría el año 37, tú eras una niña especial: avispada, lista como la que más, ocho años de alegría y de futuros. Vivíamos en el Gijón expectante. Las noticias de la guerra no cesaban, era un continuo decir y no decir. Las tropas franquistas se acercaban sin recesos apoyados por la aviación nazi. El miedo era el pan que comíamos todos los días. ¡Ay, hija!, cuanto miedo.
Me acuerdo que parábamos en una pequeña habitación alquilada. ¿Cuánto trabajo me costó convencer a la pobre Soledad y a su marido? Me preguntaban frecuentemente por el paradero de mi marido, al igual que tú, recuerdo cuántas veces me decías: “Madre, cuándo regresa papá”. Yo os esquivaba con la monserga de siempre: “Marchó a Barcelona, pronto estará con nosotros”. Pero la verdad era bien diferente, muy diferente.
No hubo marido, no hubo padre, no hubo hombre. Hija, vinimos a Gijón huyendo de las miradas y las descortesías e insultos de los vecinos y familiares de Noreña, nuestro pueblo. Me quedé embarazada muy joven de un hombre equivocado. Él era casado y ya tenía dos hijos. Yo era una mujer enamorada, y por amor, sucumbí a los tentáculos de una persona despreciable. Cuando supo de mi estado, todo se acabó, y por más que intenté convencerlo para que dejara a su familia, me fue imposible. Si quieres conocer más detalles de tu verdadero padre, sólo tienes que preguntármelo, pero, ahora, no quiero recordarlo en estas letras.
Los días eran muy duros, se avecinan terribles tiempos: una guerra, desolación, hambre, saqueos,…Trabajaba en todo aquello que me dejaban, pero no nos llegaba. Nunca olvidaré a Soledad, gracias a ella podía salir al amanecer y regresar cuando tú ya dormías. Te cuidó como si fueras su propia hija.
A través de una compañera, supe que estaban organizando la salida en barco de los hijos de los políticos, de los simpatizantes de la izquierda, de la gente de bien, hacia países extranjeros. Y vi una oportunidad para salvarte del horror que sobrevolaba nuestras costas, aún sabiendo que ésta no fue la principal razón, más bien fue, mi falta de rebeldía contra el sistema y por ello no me perdonaré nunca. Ante mis ojos se abría una senda para iniciar una nueva vida. Era joven, muy joven, con todo por delante para darte, pero necesitaba una voz masculina. No sé si lo comprenderás, eran tiempos muy difíciles y arcanos. Ningún hombre me hubiera aceptado con una hija.
Lo calculé metódicamente todo; pensé que tendría tiempo suficiente para encontrarte un padre adecuado, y sí, tuve más que el necesario. Malditas las guerras, malditas las armas. Cuando ya estaba todo previsto para tu regreso, un maldito tren te alejó aún más de mis manos, y gracias a él, no sé qué te hubiera pasado con la barbarie nazi en tierras soviéticas.
Por aquél entonces, yo había conocido a Manuel. Ese hombre que me acompaña y al que tú le das las buenas noches cuando vienes. Él me abrió los brazos, y al confesarle tu existencia, no puso objeción alguna, todo lo contrario. A los cuatro años de tu partida contrajimos matrimonio y siempre, desde entonces, se ha considerado tu verdadero padre. Así te lo hice creer. Gracias, hija, por tus buenas maneras y afectos hacia él. No hay hombre con corazón más grande, no hay persona que nos haya querido más que él.
Sigo contándote, mi niña.
Una amiga mía, Mercedes, contactó con una profesora, Doña Consuelo, quien viajaría con vosotros. Ella tramitó tu salida hacia Leningrado, inscribiéndome previamente en la izquierda republicana.
Y llegó el momento, un 23 de septiembre de 1937, el día más triste de los muchos que he vivido, mucho más que el día que ingresé en la cárcel de Saturrarán, mucho más. Todos los aniversarios de tu marcha he vuelto al puerto de El Musel. Todos los años he derramado las mismas lágrimas que aquel día.
A partir de entonces nuestros contactos fueron a través de las innumerables cartas, ¿te acuerdas, verdad? Y esta es…

Plegó las tres últimas cuartillas que le quedaban por leer, las depositó en la mesa. Se acercó a su madre dándole un efusivo beso en la mejilla.
- Madre, gracias. No quiero saber nada más… Y ahora, déjeme ayudarla. Le acompaño hasta su cama, mi padre la espera – le dijo con un cálido tono de voz.
José Daniel

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