Microrrelatos, microtextos, microficciones, nanocuentos, breves, pensamientos...
jueves, diciembre 02, 2010
Triglicérido (1)
Al principio, afilado como una daga envenenada. Más tarde, desahuciado como un sin techo. ¿Quién me presta otro lapicero?
Guadalajara (2010)
martes, noviembre 30, 2010
Fantasías del hogar
Para sorprender a mi esposo me vestí con un picardías color crudo y unas medias negras. Encendí una vela, preparé algún que otro juguete y le esperé en semipenumbra con toda la sensualidad de una pantera. Abrió la puerta, caminó por el pasillo hasta que entró en nuestra habitación. No me quiso ver, no me buscó, no me olió... Su reacción, una vez más, me devolvía al mundo monótono y real en que transitaban nuestros días, salvo que esta vez, se desnudó apresuradamente, abriendo el armario con sigilo, e introduciéndose como pudo, para espiarme a través de las rendijas que dejan las láminas de las puertas.
Guadalajara (2010)
domingo, noviembre 28, 2010
Ladridos
Sólo se escuchan ladridos, aullidos por todas partes. Las almas y los cuerpos de los habitantes arden sin que nadie pueda hacer nada. El caos flota en el aire, es una anarquía sin precedentes. Primero fue la quema de automóviles, mobiliario urbano, escuelas, bancos, iglesias. Mas luego, cuando la barbarie y la desolación ha sido absoluta; cuando las calles, ciudades y países ya no se gobiernan, han comenzado los perros a organizarse dentro de su propio desorden aparente. Uno de ellos, no hace mucho, me quiso de animal de compañía, pero en el último momento me desplazó por no saber comportarme. Ahora espero turno de carbonización, aunque intentaré escapar.
Mérida (2005)
sábado, noviembre 27, 2010
The birds
Sir Alfred no puede dar por concluido el racor de su nuevo proyecto. Pensativo, observa al detalle su habitación, su escritorio, la disposición lineal y exhaustiva de su colección de plumas estilográficas, un abrecartas fuera de sitio y el eco precipitado de su corazón. Algo no encuadra, algo está fuera de escena. Algún inadvertido problema se filtra en el encadenado lógico como cameo involuntario. Esto le afecta. No es él. No es su voz. No acepta cerrar el argumento porque siente y palpa un reguero de saliva recorriendo la comisura de sus labios, deslizándose lentamente por su garganta para terminar empapando su camisa blanca. Sus manos están ensangrentadas y van ensuciando las páginas impares del guión. Esa sangre no es ningún gag. No es ninguna broma. Esa sangre no es suya. Embelesado, mira a Melanie, a sus ojos, a su cuerpo, a sus piernas, a su postura tranquila y serena en el sillón adyacente al suyo, al corte profundo que presenta su garganta, a los borbotones viscosos que van decorando sus pechos mientras por una ventana indiscreta se acerca una gran bandada de pájaros. Cierra el escrito. Lo arroja a una papelera. Comienza de nuevo.
Guadalajara (2010)
Mención especial I Certamen Microrrelatos sobre el cine "Arvikis Dragonfly".
lunes, noviembre 22, 2010
Nunca más te pegará, mamá.
Nací sietemesino, antes de tiempo, con la única intención de salvar a mi madre del maltratador. Al tercer mes, había jurado venganza. Ahora cumplo prisión.
Guadalajara (2009)
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Microrrelato finalista Cuenta 140: El verdugo
Microrrelato finalista en el Concurso Semanal Cuenta 140: El Verdugo, dirigido por el escritor Montero Glez en http://www.elcultural.es/
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Le puse la capucha, los grilletes en las muñecas. Saqué cadenas y látigo, pero ni por esas. Mi mujer argumentó un nuevo dolor de cabeza.
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viernes, noviembre 19, 2010
Microrrelatos finalistas Cuenta 140: El Correo

Microrrelatos finalistas en el Concurso Semanal Cuenta 140: El Correo, dirigido por el escritor Montero Glez en http://www.elcultural.es/
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Me lo dijo por carta, el muy cabrón. No tuvo los suficientes cojones para decirme: "A la puta calle".
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Leyó la Carta del Apóstol San Pablo a los efesos: "Vivid en el amor como Cristo nos amó...". Esa noche se fue de putas.
Cuando terminó de redactar la carta abrió la ventana. La fuerza de la gravedad hizo el resto.
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Textos: José Daniel Palma
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sábado, octubre 23, 2010
sábado, mayo 29, 2010
Un relato (mío) para descargar.
En el siguiente enlace podeís descargar la Antología Internacional "Senbilidades Oro". Al final, está un relatín escrito por el que suscribe...
Luna llena

El sabor de la noche es el sabor de la vida. La sangre, en su viscosidad, es una súplica muy dulce para mi paladar.
José Daniel (2006)
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miércoles, mayo 19, 2010
Noviciado

La madre superiora llegó exhausta a la celda de la novicia. Nadie, nada, excepto un par de medias olvidadas sobre la cama y un almanaque señalado con rotulador rojo en una fecha indicada: sábado noche.
José Daniel (2010-Guadalajara)
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viernes, octubre 30, 2009
La merienda (micro)
La merienda (micro)
A mamá siempre le ha gustado prepararme la merienda para el colegio, aunque intuyo que ella sabe que no me la como y que siempre la escondo. Ella insiste y persiste, así que, todas las mañanas la tengo dispuesta y envuelta dentro de mi mochila. A mí no me preocupa el comer, me siento gorda y fofa. No tengo problemas en buscar cualquier agujerito donde depositarla y taparla. Por el camino, desde mi casa hasta el colegio, la senda es larga y por ella sólo transito yo. Aún así, en estos últimos tiempos, estoy notando que su volumen es mayor. Ya no es un simple bocadillo de mortadela con aceitunas, ahora, hay veces que transporto manos, pies y cuero cabelludo, e incluso, una vez, me puso un recipiente con casquería: un hígado, dos riñones y un corazón. Esto me supone más esfuerzo pero lo sigo haciendo porque sigo estando rechoncha. Creo que tendré que hablar con ella, aunque prefiero hacerlo con padre, pero, ahora que lo pienso, hace tiempo que no lo veo.
A mamá siempre le ha gustado prepararme la merienda para el colegio, aunque intuyo que ella sabe que no me la como y que siempre la escondo. Ella insiste y persiste, así que, todas las mañanas la tengo dispuesta y envuelta dentro de mi mochila. A mí no me preocupa el comer, me siento gorda y fofa. No tengo problemas en buscar cualquier agujerito donde depositarla y taparla. Por el camino, desde mi casa hasta el colegio, la senda es larga y por ella sólo transito yo. Aún así, en estos últimos tiempos, estoy notando que su volumen es mayor. Ya no es un simple bocadillo de mortadela con aceitunas, ahora, hay veces que transporto manos, pies y cuero cabelludo, e incluso, una vez, me puso un recipiente con casquería: un hígado, dos riñones y un corazón. Esto me supone más esfuerzo pero lo sigo haciendo porque sigo estando rechoncha. Creo que tendré que hablar con ella, aunque prefiero hacerlo con padre, pero, ahora que lo pienso, hace tiempo que no lo veo.
José Daniel (2009-Guadalajara)
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sábado, julio 04, 2009
domingo, junio 14, 2009
El reportero y el hurón

Con su cámara a cuesta y su pequeño hurón, lo había visto todo, o al menos eso creía. Había asistido a las guerras más cruentas, a las revoluciones más impetuosas, a los desastres naturales más devastadores, a pactos políticos inimaginables, a caídas de imperios ancestrales y subidas al poder de gente, más o menos, corriente, pero siempre quedó al margen: imperturbable, grabando esas escenas sin que su piel se erizara; inmortalizando esas instantáneas para otros ojos. Los suyos quedaban fijos y vacíos...
Un día, su pequeño hurón, le preguntó:
—¿No echas de menos a tu familia y a tu entorno?
Fríamente le contestó que no, que en su trabajo había conquistado su paz interior, y que por muchas bombas que cayeran o mucha sangre se derramará, él era feliz.
—¿Y no le temes a la muerte? —continuó.
—No, por supuesto que no.
—¿Qué te falta en la vida?
—Lo tengo todo: mi cámara, mi libertad, mi paz, mi reino, el amor que sé que me espera, te tengo a ti...
Pasaron años, guerras, huracanes, maremotos, aviones y torres derruidas, persecuciones mundiales... hasta que una mina oculta en un camino perdido del desconocido Mozambique, le sesgó los dos brazos, debiendo regresar a su casa. El tiempo de reportero eficaz y valiente quebró, volviendo a la cruda realidad de los días monótonos y aburridos en compañía de los suyos. El hurón, quien había salido ileso del accidente, le preguntó:
—¿Qué te pasa, qué echas en falta?
—Mi cámara, mi tercer ojo. El espacio y el tiempo...
—¿Eres feliz?
—Sí, supongo que si.
—¿Y no le temes a la muerte?
—Ahora que la veo tan cerca, sí... Se muere mi espíritu, lentamente, entre tantas envidias y codicias, entre tantas tentaciones e ímpetus que cada día me son más difíciles rechazar...
—¿Y por qué no marchamos?
—No, eso nunca. ¡Márchate tú! Tú que aún eres libre...
José Daniel.
Un día, su pequeño hurón, le preguntó:
—¿No echas de menos a tu familia y a tu entorno?
Fríamente le contestó que no, que en su trabajo había conquistado su paz interior, y que por muchas bombas que cayeran o mucha sangre se derramará, él era feliz.
—¿Y no le temes a la muerte? —continuó.
—No, por supuesto que no.
—¿Qué te falta en la vida?
—Lo tengo todo: mi cámara, mi libertad, mi paz, mi reino, el amor que sé que me espera, te tengo a ti...
Pasaron años, guerras, huracanes, maremotos, aviones y torres derruidas, persecuciones mundiales... hasta que una mina oculta en un camino perdido del desconocido Mozambique, le sesgó los dos brazos, debiendo regresar a su casa. El tiempo de reportero eficaz y valiente quebró, volviendo a la cruda realidad de los días monótonos y aburridos en compañía de los suyos. El hurón, quien había salido ileso del accidente, le preguntó:
—¿Qué te pasa, qué echas en falta?
—Mi cámara, mi tercer ojo. El espacio y el tiempo...
—¿Eres feliz?
—Sí, supongo que si.
—¿Y no le temes a la muerte?
—Ahora que la veo tan cerca, sí... Se muere mi espíritu, lentamente, entre tantas envidias y codicias, entre tantas tentaciones e ímpetus que cada día me son más difíciles rechazar...
—¿Y por qué no marchamos?
—No, eso nunca. ¡Márchate tú! Tú que aún eres libre...
José Daniel.
sábado, mayo 30, 2009
La sala Montecarlos

Aún me pregunto si ella me influenció en mi gran pasión; si tuvo algo que ver en mi comportamiento posterior. Soy un cinéfilo o sufro alguna enfermedad de las denominadas raras. Supongo que si, ella tuvo que ser el origen, el eje de coordenadas desde donde partió mi gran afición o mi decadencia. Mamá, desde que tengo uso de razón, me llevaba al cine. Siempre al mismo, al único que conocíamos. No había semanas en la cual no acudiéramos a la sala que había a dos manzanas de casa. Me acuerdo como si fuera hoy, el gran cine “Montecarlos”. No había lujos, no había excesos. Era especial, era de los de antes, pero, por desgracia, todo ha cambiado desde entonces, ya no encontrarás una pantalla cuadrada, ahora son panorámicas con sonido de alta definición. Éste es envoltorio, tú el caramelo. No busques, que no lo encontrarás, al buen y serio acomodador, sólo encontrarás unas luces de nueva generación que te guiarán por las butacas que ya no son butacas, son ultra-sofás con una perfecta inclinación, eso si antes no te has perdido dentro del laberinto de sus veinte o veintisiete sub-salas. Pero aquella sala, murió. También mi madre y antes mi padre. La sala “Montecarlos” fue derribada, pero sigue vivo su recuerdo en mí. Entrar en sus entrañas era como dejar a un lado los malos augurios, los malos momentos vividos rutinariamente a lo largo de los días, dejando las lágrimas, la sensación de hambre y miseria que por aquel entonces sufríamos. La vida era dura, muy dura en los años setenta, sobretodo desde que padre murió, pero lo fuimos superando a través de los largometrajes, o eso, al menos, pensaba yo. Mamá, reaccionó. No podía quedarse en casa, pues los recuerdos la paralizaban, la convertían en una mera figura de porcelana. Ella, se transformó. Dejó la fragilidad por la tenacidad, aparcó la indiferencia por la ambición.
Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: "Ahora vengo, mi amor. No tengas miedo, mamá estará muy cerca".
Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.
Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.
En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.
Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.
José Daniel.
Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: "Ahora vengo, mi amor. No tengas miedo, mamá estará muy cerca".
Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.
Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.
En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.
Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.
José Daniel.
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