martes, mayo 20, 2008

Fuego, paz y muerte



En el lecho de su muerte, una pluma estilográfica y un cuaderno de notas amarillento. Nunca le tuvo aprensión a la muerte, sabía que su futuro o su destino era cuestión de una búsqueda más intensa por el mundo real. En el velatorio, ningún paisano, ningún familiar, ni siquiera aquellos que en algún tiempo le habían animado a seguir con esa excéntrica vocación, siempre caminando contra corriente, bajo apodos e insultos disfrazados de hipocresía.
El cuerpo presente, su pasado narrado en tercera persona y el transcurso de las horas previstas antes de la incineración hacían más espeluznante el lienzo de su adiós. Y llegó el momento, la despedida final y ante la mirada atónita del personal funerario, últimos testigos contratados, se levantó con lágrimas serpenteando sus mejillas, recogió su pluma y su cuaderno, arrojándolo dentro de su propio ataúd que junto a todos sus libros y manuscritos prendieron de forma furiosa, llenando de luz la habitación y de angustia mi alma, escapé entre las letras ordenadas de su último micro.
José Daniel 2008

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