sábado, mayo 29, 2010

Un relato (mío) para descargar.

En el siguiente enlace podeís descargar la Antología Internacional "Senbilidades Oro". Al final, está un relatín escrito por el que suscribe...

Luna llena


El sabor de la noche es el sabor de la vida. La sangre, en su viscosidad, es una súplica muy dulce para mi paladar.




José Daniel (2006)

miércoles, mayo 19, 2010

Noviciado




La madre superiora llegó exhausta a la celda de la novicia. Nadie, nada, excepto un par de medias olvidadas sobre la cama y un almanaque señalado con rotulador rojo en una fecha indicada: sábado noche.




José Daniel (2010-Guadalajara)

viernes, octubre 30, 2009

La merienda (micro)

La merienda (micro)

A mamá siempre le ha gustado prepararme la merienda para el colegio, aunque intuyo que ella sabe que no me la como y que siempre la escondo. Ella insiste y persiste, así que, todas las mañanas la tengo dispuesta y envuelta dentro de mi mochila. A mí no me preocupa el comer, me siento gorda y fofa. No tengo problemas en buscar cualquier agujerito donde depositarla y taparla. Por el camino, desde mi casa hasta el colegio, la senda es larga y por ella sólo transito yo. Aún así, en estos últimos tiempos, estoy notando que su volumen es mayor. Ya no es un simple bocadillo de mortadela con aceitunas, ahora, hay veces que transporto manos, pies y cuero cabelludo, e incluso, una vez, me puso un recipiente con casquería: un hígado, dos riñones y un corazón. Esto me supone más esfuerzo pero lo sigo haciendo porque sigo estando rechoncha. Creo que tendré que hablar con ella, aunque prefiero hacerlo con padre, pero, ahora que lo pienso, hace tiempo que no lo veo.


José Daniel (2009-Guadalajara)

domingo, junio 14, 2009

El reportero y el hurón



Con su cámara a cuesta y su pequeño hurón, lo había visto todo, o al menos eso creía. Había asistido a las guerras más cruentas, a las revoluciones más impetuosas, a los desastres naturales más devastadores, a pactos políticos inimaginables, a caídas de imperios ancestrales y subidas al poder de gente, más o menos, corriente, pero siempre quedó al margen: imperturbable, grabando esas escenas sin que su piel se erizara; inmortalizando esas instantáneas para otros ojos. Los suyos quedaban fijos y vacíos...

Un día, su pequeño hurón, le preguntó:

—¿No echas de menos a tu familia y a tu entorno?

Fríamente le contestó que no, que en su trabajo había conquistado su paz interior, y que por muchas bombas que cayeran o mucha sangre se derramará, él era feliz.

—¿Y no le temes a la muerte? —continuó.
—No, por supuesto que no.
—¿Qué te falta en la vida?
—Lo tengo todo: mi cámara, mi libertad, mi paz, mi reino, el amor que sé que me espera, te tengo a ti...

Pasaron años, guerras, huracanes, maremotos, aviones y torres derruidas, persecuciones mundiales... hasta que una mina oculta en un camino perdido del desconocido Mozambique, le sesgó los dos brazos, debiendo regresar a su casa. El tiempo de reportero eficaz y valiente quebró, volviendo a la cruda realidad de los días monótonos y aburridos en compañía de los suyos. El hurón, quien había salido ileso del accidente, le preguntó:

—¿Qué te pasa, qué echas en falta?
—Mi cámara, mi tercer ojo. El espacio y el tiempo...
—¿Eres feliz?
—Sí, supongo que si.
—¿Y no le temes a la muerte?
—Ahora que la veo tan cerca, sí... Se muere mi espíritu, lentamente, entre tantas envidias y codicias, entre tantas tentaciones e ímpetus que cada día me son más difíciles rechazar...
—¿Y por qué no marchamos?
—No, eso nunca. ¡Márchate tú! Tú que aún eres libre...

José Daniel.

sábado, mayo 30, 2009

La sala Montecarlos


Aún me pregunto si ella me influenció en mi gran pasión; si tuvo algo que ver en mi comportamiento posterior. Soy un cinéfilo o sufro alguna enfermedad de las denominadas raras. Supongo que si, ella tuvo que ser el origen, el eje de coordenadas desde donde partió mi gran afición o mi decadencia. Mamá, desde que tengo uso de razón, me llevaba al cine. Siempre al mismo, al único que conocíamos. No había semanas en la cual no acudiéramos a la sala que había a dos manzanas de casa. Me acuerdo como si fuera hoy, el gran cine “Montecarlos”. No había lujos, no había excesos. Era especial, era de los de antes, pero, por desgracia, todo ha cambiado desde entonces, ya no encontrarás una pantalla cuadrada, ahora son panorámicas con sonido de alta definición. Éste es envoltorio, tú el caramelo. No busques, que no lo encontrarás, al buen y serio acomodador, sólo encontrarás unas luces de nueva generación que te guiarán por las butacas que ya no son butacas, son ultra-sofás con una perfecta inclinación, eso si antes no te has perdido dentro del laberinto de sus veinte o veintisiete sub-salas. Pero aquella sala, murió. También mi madre y antes mi padre. La sala “Montecarlos” fue derribada, pero sigue vivo su recuerdo en mí. Entrar en sus entrañas era como dejar a un lado los malos augurios, los malos momentos vividos rutinariamente a lo largo de los días, dejando las lágrimas, la sensación de hambre y miseria que por aquel entonces sufríamos. La vida era dura, muy dura en los años setenta, sobretodo desde que padre murió, pero lo fuimos superando a través de los largometrajes, o eso, al menos, pensaba yo. Mamá, reaccionó. No podía quedarse en casa, pues los recuerdos la paralizaban, la convertían en una mera figura de porcelana. Ella, se transformó. Dejó la fragilidad por la tenacidad, aparcó la indiferencia por la ambición.

Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: "Ahora vengo, mi amor. No tengas miedo, mamá estará muy cerca".

Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.

Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.

En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.

Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.


José Daniel.

sábado, febrero 21, 2009

Mundo atroz

Y se levantó, y al ver que todo seguía de la misma forma, volvió a sumergirse en su féretro.

José Daniel Palma

sábado, septiembre 20, 2008

¿Qué putas puedo? Jaime Sabines

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?

¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?

¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?

¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?

¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?

¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?

¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?



Jaime Sabines

Sus dos pies...


Sus dos pies
sostienen
un cuerpo
añejo,
descalza
camina
hambrienta
de amores,
herida
en llagas
recorre
la vida
buscando
los cuentos
contados
hace años
en busca
de pruebas,
pero no
descubre
su vida
anterior,
su historia
escrita
con rimel
describe
una mujer
pasional,
la joven
anciana
presiente
un pronto
declinar
y sólo
contempla
arrugas
en su piel,
en llantos
transita
la senda
del temor
a morir
sin saber
cómo fue.



José Daniel.

Imagen: http://dondetelleventuspies.blogspot.com

miércoles, septiembre 17, 2008

Dedicatoria - Leopoldo María Panero


DEDICATORIA


Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.



De "Last River Together" 1980

Fotografía: José Daniel Palma

sábado, julio 26, 2008

La cuerda cortada (Bertolt Brecht)


La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar, pero
está cortada.

Quizá volvamos a tropezar, pero allí
donde me abandonaste no
volverás a encontrarme.

Bertolt Brecht

Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens

miércoles, julio 23, 2008

Noches de cascabel


Tú me regalas un cascabel, dos estrellas y un champú de huevo, mientras viajo en este mundo de babel y doy, doy muchos palos de ciego. No sonarán en las noches de farra los pies cansados del caballo, ni te rozarán mis callosas manos porque siempre tu voz me aparta.

Noches de cascabel y hadas, duendes, gnomos y cañas.

Seré el innoble dormido vicioso en los insomnios de los miedos: miedo a un sin ti, y sin ti hasta luego, que para morir es mejor estar solo. En las noches, la enfermedad horaria me abarca, me aprisionan las dudas cayendo lágrimas de metal lascivas en mi almohada mojada que no tiene culpa.

Noches de sueños y cascabeles, credos, monsergas y rezos.



Jdpalma.

sábado, julio 19, 2008

Confesión (Charles Bukowski)





Esperando la muerte

como un gato

que va a saltar sobre

la cama


Me da tanta pena
mi mujer

Ella verá este
cuerpo
blanco

rígido

Lo zarandeará una vez y luego

quizás

otra:

...Hank...

Hank no
responderá.


No es mi muerte lo que

me preocupa, es mi mujer

que se quedará con este

montón de

nada.
Quiero que
sepa

sin embargo

que todas las noches

que he dormido a su lado


Incluso las discusiones

más inútiles

siempre fueron

algo espléndido


Y esas difíciles

palabras

que siempre temí

decir

pueden decirse

ahora:


Te amo.


Charles Bukowski