Hay restos de mi figura y ladra un perro.
Me estremece el espejo: la persona, la máscara
es ya máscara de nada.
Como un yelmo en la noche antigua
una armadura sin nadie
así es mi yo un andrajo al que viste un nombre.
Dime ahora, payo al que llaman España
si ha valido la pena destruirme
bañando con tu inmundo esperma mi figura.
Tus ángeles orinan sobre mí.
San Pedro y San Rafaelen una esquina comentan
mientras avanzo borracho
sobre esa piedra, payo,
que llaman España.
Leopoldo María Panero, "De Piedra negra o del temblor".
Microrrelatos, microtextos, microficciones, nanocuentos, breves, pensamientos...
viernes, marzo 11, 2005
jueves, marzo 10, 2005
Detrás...
Detrás
no hay nada.
Nada es silencio.
Silencio,
detrás no hay nada.
Nada es silencio.
Unos ojos
tras la cortina,
un pasillo malgastado de soledad,
techos, carcoma,
una cuerda
donde penden ropas,
y, quizás, detrás,
una soga intangible
para un suicidio
de ojos claros,
detrás.
José Daniel
no hay nada.
Nada es silencio.
Silencio,
detrás no hay nada.
Nada es silencio.
Unos ojos
tras la cortina,
un pasillo malgastado de soledad,
techos, carcoma,
una cuerda
donde penden ropas,
y, quizás, detrás,
una soga intangible
para un suicidio
de ojos claros,
detrás.
José Daniel
Me busco

La chatarra se amontona
debo estar junto a una educada rata
sensación de frío, lo recuerdo débilmente, si tuve frío
anocheció y tú no estabas, rebusco, seguro que aparezco desnudo
no encuentro la flácida figura, convencido estoy que yo anoche también estaba
recopilo mis sentidos, los guío, les pongo camino, no cruzo, me río, desentierro montaña,
restos de comida en la mesa esparcidos, me acerco al buen camino, positivo
que ocurre, llamo, grito, canto, saludo, me esparzo, sigo desnudo
resultado negativo, no me encuentro, sigo buscando
abandoné el pasado, el presente
se enmaraña la madeja
me caigo.
José Daniel
Poema incluido en la Antología "Paseo en Verso", 2005. Editorial Pasos en la Azotea (México)
Arde
Arde el fuego
y sus reflejos de luz volátil
y sus destellos de ascuas hirientes
y sus idas y venidas de colores vivaces
y sus humos que se unen con el aire
inducen a fusionar mi alma
al calor que desprende
clavando luces imaginarias
en los resquicios de mis llagas.
Arde el fuego
y su combustión pasiva de errores
y su peregrinar de gritos y bofetadas
y su ira sin esperanza
y su transformación en ceniza
incita a quemar mi cuerpo
en la verdadera llama
avivando los pecados presentes
con el látigo llamado fuelle.
Arde el fuego
y su magia se apodera
y su sonido se adueña
y su color se transforma
y su llanto se percibe
esperando a que te unas
lo olvides o lo quieras
aguardando las cenizas
cenizas venideras.
José Daniel
y sus reflejos de luz volátil
y sus destellos de ascuas hirientes
y sus idas y venidas de colores vivaces
y sus humos que se unen con el aire
inducen a fusionar mi alma
al calor que desprende
clavando luces imaginarias
en los resquicios de mis llagas.
Arde el fuego
y su combustión pasiva de errores
y su peregrinar de gritos y bofetadas
y su ira sin esperanza
y su transformación en ceniza
incita a quemar mi cuerpo
en la verdadera llama
avivando los pecados presentes
con el látigo llamado fuelle.
Arde el fuego
y su magia se apodera
y su sonido se adueña
y su color se transforma
y su llanto se percibe
esperando a que te unas
lo olvides o lo quieras
aguardando las cenizas
cenizas venideras.
José Daniel
domingo, marzo 06, 2005
Yo la quise
Yo la quise, y ella también a mí. Lo sé...
Fuimos muy felices hasta el día en que me la arrebataron de mis brazos, no dejándome descalzar.
José Daniel.
viernes, marzo 04, 2005
Autodidacta hasta el fin
Llegó por recomendación familiar, observó sus alrededores y se marchó sin decir adiós... De regreso a su pueblo decidió aprender a morir por si solo, no estaba dispuesto a esperar la muerte sentado entre sus recuerdos y los de sus quintos.
Esa noche volvió a emborracharse de soledad y vino manchego ante la mirada impasible del retrato de su esposa, fallecida el último invierno.
José Daniel
jueves, marzo 03, 2005
El llanto del río
El llanto sigue oyéndose en las márgenes del río, pero ya nadie lo busca.
Un año después del terrible accidente, una familia rota y una administración con síntomas de olvidos prematuros, han dado por finalizada la búsqueda del niño. El simulacro del entierro fue un baño de lágrimas, lágrimas entremezcladas de pena y de rabia. Una escena que llega, incluso, al corazón más insensible con fuerza: una cajita incompleta es introducida en un nicho bañado de flores y coronas, dispuesta a descansar junto a sus padres, todos ellos víctimas de un horrible accidente de tráfico.
El hielo cubre la carretera desde noviembre hasta bien entrado marzo, sus curvas son verdaderas pistas de patinaje y hay muy pocos transeúntes por esta zona. Ningún sonido suele soliviantar la armonía que reina en estos parajes en los meses de invierno. Todo es silencio y paz, aún estando tan cerca de una carretera, quizás, si acaso, una sinfonía natural por el silbar de los juncos ribereños invade, de vez en cuando, el normal sosiego. Vivo aislado por decisión propia. La única choza habitable es la mía, y todos en el pueblo más cercano me tachan de hombre solitario, hosco y extraño. Quizás tengan razón, quizás no, pero a partir del trágico suceso no ha vuelto ser lo mismo porque un llanto sigue oyéndose en las márgenes del río…
Me han perseguido desde que aquel coche se sumergió en las aguas que bañan mis tierras y mi espíritu. He declarado más de diez veces: en el cuartel, ante el juez, ante los micrófonos, ante todo curioso que se ha acercado hasta mis lindes, lugares antes olvidados de la mano de dios. Y a todos ellos, lo mismo: “Yo no sé nada. Ni vi ni sentí nada extraño. Sólo sé que habéis invadido mi espacio”.
La marabunta policial, judicial y periodística no tardó mucho en llegar. Habían aparecido dos cuerpos flotando con claros síntomas de haber sufrido algún tipo de incidente. Buscaban, después, un automóvil y a un niño recién nacido. Y comenzaron las pesquisas hasta que localizaron el coche, pero estaba vacío. Un cuco de bebé seguía sujetado por los pretensores traseros, pero ni rastro del párvulo. Y vinieron buzos con sus lanchas, agentes con perros, cámaras y cronistas, pero pronto se cansaron, pronto se apagaron las luces y las voces, aunque se sigue oyendo un llanto en las márgenes del río…
No siento pena ni culpa, estoy exento de remordimientos. Pudieran tacharme de ogro y cruel, pudieran desearme la muerte, pero cómo iba a deshacerme de él si su mirada me atrapó en un mundo desconocido. Recuerdo lo fácil de su rescate: sólo tuve que seguir el eco de su llanto, y su ocultación no supuso ninguna dificultad: en casa calentito. Lo difícil está siendo su cuidado porque la vida no cesa y pronto preguntará, pronto muchas preguntas y no sabré que contestar.
Lo encontré entre unos matorrales, tan tierno e indefenso. Salió despedido en una de las múltiples vueltas que dio el coche antes de llegar al río. Lloraba y lloraba. Supongo que le faltaba el aroma materno y que aquellos olores a vida nunca habían sido percibidos por su linda nariz. No dudé ningún instante. Lo abracé entre mi pecho y mi chaqueta, lo acurruqué para darle calor. No dudé en llevármelo. Preparé una cunita provisional en una caja de madera. La cubrí con sábanas y una pequeña manta. Avivé el fuego de la chimenea para calentar todos los huecos de mi modesta morada. Le di de comer muy despacio. Una sonrisa se dibujó en su carita y me colmó de felicidad.
¿Por qué nadie sospechó nada?, ¿por qué nadie me solicitó entrar en mi casa? Hubieran visto una joya dormida, un tesoro caído del cielo para un hombre sin más pretensiones en la vida que el morir en soledad. ¿Por qué nadie osó en involucrarme?,¿por qué nadie investigó mis vagas declaraciones?, ¿por mi aparente carácter?, ¿por qué...? Nadie, nada, aunque por las noches se siguen oyendo llantos en las márgenes del río, y es que todavía es pronto para borrar sus iniciales recuerdos.
José Daniel
03-03-05
miércoles, marzo 02, 2005
Ladrón de guante blanco
¡Pobre Juan! Un buen día decidió cruzar aquella puerta maldita, entrada a lo prohibido, a lo desconocido. Fueron años duros: vigilancia, contra vigilancia, apostaderos y muchas horas de sueño.
Llegó el momento que se había marcado; se sentía seguro de sí mismo. En su pequeña mochila: una brújula, un boceto a mano alzada y un crucifijo. Una vez que, la oscuridad cubrió la zona, se despidió de todos nosotros. Algunos intentaron persuadirlo para que desistiera. Otros, bajo un apoyo incondicional, le dimos la mano, y los máximos deseos para que su hazaña fuera un éxito. Si lo conseguía, abriríamos un nuevo camino para futuras escapadas. Sin mirar atrás, se adentró en la gran sala.
Avanzaba lentamente, apartando múltiples obstáculos para no dar rodeos innecesarios. Sabíamos que, tras muchos años de entrenamiento, había alcanzado un nivel altísimo de preparación. Era, sin duda alguna, el mejor impostor de guante blanco y el perfecto elegido.
El tiempo corría en su contra, los primeros reflejos de luz aparecían por la persiana. Allí estaba, a escasos centímetros de las joyas. Sólo, le quedaba trepar y un pequeño salto; lo más preparado, lo más estudiado.
En nuestra alegría y asombro, no nos dimos cuenta del regreso del terrible enemigo. No tuvimos tiempo de darle un aviso de alerta. Estupefactos, oímos: "plaf, plaf,..., ¡otra horrible cucaracha!"
José Daniel.
domingo, febrero 27, 2005
Sin más...(Iñaki)
Imagen: Bastien Pons
Es mi vida
lucha incansable contra tormentas,
mares alocados, olas sin destino,
sueños huérfanos...
Vida, te ordeno
reposo, calma, serenidad,
para las huellas ya pisadas
que sólo el tiempo suprimirá
para dejarme andar otra vez...
Vida, aquella melancolía infinita
me llevó a sentir una dolorosa dulzura
desperdiciando tanto amor,
que duele, duele, duele...
Vida, manifestar con voz tranquila,
segura, tibia y calmada,
que en mi caminar aunque con los pies atados
nunca dejé de luchar...
Vida, vivo por ellos...
IÑAKI
jueves, febrero 24, 2005
Nunca es tarde
(Dedicado a esos niños...)
La tarde se convierte en oscuridad. Los silencios y las luces se apoderan de una ciudad castigada por el ruido de los coches. En un pequeño piso del centro de Gijón…
- Madre, es hora que se acueste – le dijo agarrándole la mano con ternura.
- No, espera. Espera, hija. Ahora que estamos a solas, quiero contarte algo antes de dormir. Sé que ya no tengo mucho tiempo y no quiero marchar con esta pena.
- No tienes nada que contarme, todo está olvidado. Hace años borré la memoria, y regresé a España para recobrar mi identidad y mi familia. Lo demás, aunque sé que quieres hablar de ello, no importa.
- Ya, ya lo sé…Nunca tuve un regalo mejor que el volverte a ver, a ti y a tus dos hijos, aunque a estos, sólo haya sido a través de fotografías. Espero que algún día, antes de morir, vengan desde Rusia a conocer a su abuela – un suspiro entrecortó la voz cálida de la madre, quien sujetaba la mano tendida de su hija.
- Seguro, madre. No te preocupes…Pues, venga…¡A la cama!, qué ya te está esperando tu marido en el quinto sueño.
- No, aguarda. Me he propuesto que hoy sea el día de liberar esta carga. Quiero que conozcas toda la verdad, toda…- se levantó sujetándose en su bastón, caminó con fragilidad desapareciendo por unos instantes. De regreso, traía un sobre cerrado que le tendió con signos expresivos del amor que le profesaba.
- ¡Mira que eres terca!, traiga…
- Hija, esta carta que ahora vas a leer es parte importante de mi vida, espero que me sepas perdonar…
En el exterior del sobre sólo aparecía un breve texto: “A mi hija”. Lo abrió con suavidad, se dispuso a leer en voz alta:
Querida, hija:
La vida nos ha vuelto a reunir ahora que ya somos mayores, muy mayores. Ha sido una recompensa, un premio tras los muchos años en que hemos estado separadas. Siempre te quise como a nadie en este mundo.
Sabes que me estoy muriendo. Mi corazón se va apagando lentamente por la edad. Mis noventa y cuatro años son suficientes para decir con fuerza que he vivido, quizás, más de la cuenta. Y, antes que todo termine, antes que tus visitas se conviertan en ramos de flores depositados en una lápida, quiero narrarte cómo sucedió todo, por qué te embarqué en ese barco, por qué te separé de mi.
Corría el año 37, tú eras una niña especial: avispada, lista como la que más, ocho años de alegría y de futuros. Vivíamos en el Gijón expectante. Las noticias de la guerra no cesaban, era un continuo decir y no decir. Las tropas franquistas se acercaban sin recesos apoyados por la aviación nazi. El miedo era el pan que comíamos todos los días. ¡Ay, hija!, cuanto miedo.
Me acuerdo que parábamos en una pequeña habitación alquilada. ¿Cuánto trabajo me costó convencer a la pobre Soledad y a su marido? Me preguntaban frecuentemente por el paradero de mi marido, al igual que tú, recuerdo cuántas veces me decías: “Madre, cuándo regresa papá”. Yo os esquivaba con la monserga de siempre: “Marchó a Barcelona, pronto estará con nosotros”. Pero la verdad era bien diferente, muy diferente.
No hubo marido, no hubo padre, no hubo hombre. Hija, vinimos a Gijón huyendo de las miradas y las descortesías e insultos de los vecinos y familiares de Noreña, nuestro pueblo. Me quedé embarazada muy joven de un hombre equivocado. Él era casado y ya tenía dos hijos. Yo era una mujer enamorada, y por amor, sucumbí a los tentáculos de una persona despreciable. Cuando supo de mi estado, todo se acabó, y por más que intenté convencerlo para que dejara a su familia, me fue imposible. Si quieres conocer más detalles de tu verdadero padre, sólo tienes que preguntármelo, pero, ahora, no quiero recordarlo en estas letras.
Los días eran muy duros, se avecinan terribles tiempos: una guerra, desolación, hambre, saqueos,…Trabajaba en todo aquello que me dejaban, pero no nos llegaba. Nunca olvidaré a Soledad, gracias a ella podía salir al amanecer y regresar cuando tú ya dormías. Te cuidó como si fueras su propia hija.
A través de una compañera, supe que estaban organizando la salida en barco de los hijos de los políticos, de los simpatizantes de la izquierda, de la gente de bien, hacia países extranjeros. Y vi una oportunidad para salvarte del horror que sobrevolaba nuestras costas, aún sabiendo que ésta no fue la principal razón, más bien fue, mi falta de rebeldía contra el sistema y por ello no me perdonaré nunca. Ante mis ojos se abría una senda para iniciar una nueva vida. Era joven, muy joven, con todo por delante para darte, pero necesitaba una voz masculina. No sé si lo comprenderás, eran tiempos muy difíciles y arcanos. Ningún hombre me hubiera aceptado con una hija.
Lo calculé metódicamente todo; pensé que tendría tiempo suficiente para encontrarte un padre adecuado, y sí, tuve más que el necesario. Malditas las guerras, malditas las armas. Cuando ya estaba todo previsto para tu regreso, un maldito tren te alejó aún más de mis manos, y gracias a él, no sé qué te hubiera pasado con la barbarie nazi en tierras soviéticas.
Por aquél entonces, yo había conocido a Manuel. Ese hombre que me acompaña y al que tú le das las buenas noches cuando vienes. Él me abrió los brazos, y al confesarle tu existencia, no puso objeción alguna, todo lo contrario. A los cuatro años de tu partida contrajimos matrimonio y siempre, desde entonces, se ha considerado tu verdadero padre. Así te lo hice creer. Gracias, hija, por tus buenas maneras y afectos hacia él. No hay hombre con corazón más grande, no hay persona que nos haya querido más que él.
Sigo contándote, mi niña.
Una amiga mía, Mercedes, contactó con una profesora, Doña Consuelo, quien viajaría con vosotros. Ella tramitó tu salida hacia Leningrado, inscribiéndome previamente en la izquierda republicana.
Y llegó el momento, un 23 de septiembre de 1937, el día más triste de los muchos que he vivido, mucho más que el día que ingresé en la cárcel de Saturrarán, mucho más. Todos los aniversarios de tu marcha he vuelto al puerto de El Musel. Todos los años he derramado las mismas lágrimas que aquel día.
A partir de entonces nuestros contactos fueron a través de las innumerables cartas, ¿te acuerdas, verdad? Y esta es…
Plegó las tres últimas cuartillas que le quedaban por leer, las depositó en la mesa. Se acercó a su madre dándole un efusivo beso en la mejilla.
- Madre, gracias. No quiero saber nada más… Y ahora, déjeme ayudarla. Le acompaño hasta su cama, mi padre la espera – le dijo con un cálido tono de voz.
José Daniel
miércoles, febrero 23, 2005
Luna llena
El sabor de la noche es el sabor de la vida. La sangre, en su viscosidad, es una súplica muy dulce para mi paladar. Elijo la víctima, la observo, la contemplo y me lanzo a degüello; las demás corren despavoridas a un buen recaudo. Ellos, aterrados, salen en busca y captura, pero no me ven, aún estando tan cerca. Todo tacto quema en estas circunstancias, pero esta noche vuelve a ser luna llena.
José Daniel
domingo, febrero 20, 2005
Detrás de la cortina
Me acerco
a través de sus aguas
buscando un instante, un céfiro
que señale la dirección de mi voz.
El sol
se desvanece en lágrimas
mientras recluyo mi cobardía material
en un bosque de espesuras arcaicas.
(Detrás de la cortina todo lo que queda
es murmullo y ambigüedad).
José Daniel.
a través de sus aguas
buscando un instante, un céfiro
que señale la dirección de mi voz.
El sol
se desvanece en lágrimas
mientras recluyo mi cobardía material
en un bosque de espesuras arcaicas.
(Detrás de la cortina todo lo que queda
es murmullo y ambigüedad).
José Daniel.
miércoles, febrero 16, 2005
Confidencias diarias...
Charles Bukowski
Los coches van y vienen. La ciudad despierta cansada, monótona, triste, anárquica: mujeres con la cesta de la compra, niños y mochilas con ruedas, un municipal dirigiendo el tráfico, ancianos en busca de energía solar para una tarde de soledad y tabaco, el kiosco se carga de nuevo con best-seller amarillos, guías prácticas, ceniceros, alcobas diminutas, sellos, dedales, misterio. En una acera…
- ¿No has visto a Joaquín, el carnicero, con una morenita de la mano?- le dice una mujer de mediana edad a otra.
- No, hoy no le he visto.
- Pues, pobre Matilde, lleva bien puestos los cuernos y no se ha enterado. El muy fresco iba radiante, con la cabeza bien alta. Yo creo que querían dejarse ver- gesticulaba con grandes ademanes haciendo parodia de lo visto.
- ¿Quién es Matilde?- pregunta con cierta incertidumbre la interlocutora.
- Su mujer, aquella desdichada que encima de llevar gran parte de la carnicería, le limpia, cocina y le aguanta, y es que, todos los hombres son iguales. Te descuidas un poco y zas…- sentencia con un sonido gutural la mujer que presume de exclusiva del mundo mundial.
- Ya lo sabes, mujer. No es nada nuevo, pero como me pase a mi, yo le corto los huevos. Te lo juro por lo más sagrado, que son mis hijos.
- ¡Ay, estos hombres…! Les gusta la carne fresca…- comenzaron a reír las dos, despidiéndose a continuación.
La vida se consume en el barrio entre barras de pan caliente y partidas de dominó interminables. Las viviendas tienen paredes palpables, pero con numerosas ventanas intangibles dejando desnuda la existencia del prójimo: aquél que te da los buenos días, el que te coge la bombona de butano, el que te abre la correspondencia por equivocación, el que te anima, el que vela el cuerpo difunto de tu suegra con lágrimas falsas en la cara, el que bosteza a las seis de la mañana tras una fuerte crisis de tos, la que mueve las sillas todas las noches o se pone tacones de aguja para una jornada de farra, aquel o aquella, que sabe de ti más que tú mismo…
- Joder con el carnicero, el muy jodido, menuda morena se ha echado- comenta mientras colocaba el seis doble para iniciar una nueva partida.
- Ya te digo, ni te cuento. Mi mujer me ha contado que la ha elegido bien joven y que ya no se esconde: pasea por el barrio con la cabeza bien alta, y no es para menos, si fuera yo haría igual.
- ¿Qué sabréis vosotros? Ni caso a vuestras damas. Yo, qué si lo he visto, os puedo contar que la tiparraca está de espanto. ¡Qué pechos, oigan!, ¡qué cintura!, de escándalo, para agarrar como perro de presa- babeaba el tercero en discordia-. Y más, menudo besazo le ha dado antes de entrar en el portal, ¡qué morreo! A saber cómo habrán terminado, bueno, me lo puedo imaginar…-comienza a reír a carcajadas dejando visible una dentadura de negros y grises-. Creo que ha echado a Mati a la puta calle, porque es de suponer…la morenaza llevaba una maleta bien grande. ¡Seguro que le ha dado boleto!, ¡qué cojones tiene Joaquín, el pollo!...
- Ahora el problema que yo veo es la tienda, ¿partirán la pechuga en dos o se lo quedará todo ella, como de costumbre en las mujeres?- tercia un cuarto que no perdía baza.
La luz disminuye, y con ella, la tarde se apacigua, se mansa. Ya no pasean las mujeres, los ancianos enfundan las petancas, los niños disfrazados de moratones y ropas rasgadas, suben con enfado hacia sus hogares. El baño, la cena, el telediario, la espera del hombre que viene del santuario…
- Oye, chaval, ¡ponte cuatro cervezas que paga este mequetrefe!
- Un segundo, un segundito, pero sin chaval- alega el camarero con desgana.
- ¡Mis muertos!, ¡mirar quién viene!- dice uno mientras descarga un pequeño premio en la tragaperras.
- Nada, vosotros como si nada, ¡dejadme a mí!...
Joaquín entra en el bar, observa, reconoce a los mismos de siempre, a los mismos compañeros de naipes, dados, juegos de azar y charlas.
- Paco, ¡ponme cuatro cervecitas, que hoy venimos secos!
- Hombre, Joaquín. No hacía falta que invitaras. Estamos servidos por el momento, ya sabes, el que pierde paga…- le dice el voluntario de interrogador.
- Pero, ¡qué coño dices!...A ti, ni agua…
Se vuelve abrir la puerta del establecimiento, cuatro cabezas se giran al unísono y reconocen perfectamente a la primera, la entrada de Matilde, quien viene acompañada de una pareja: un hombre igual que su marido Joaquín y una morena de órdago a la grande.
- Ya lo veis, somos cuatro, cuatro cañas. Dejadme que os presente a mi hermano gemelo y a su esposa que vienen de Francia.
La noche encierra deudas entre las almohadas, electrodomésticos de última generación, friegas banales de parejas, dolores de espalda, algún jadeo impropio y muchas confidencias diarias…
José Daniel.
14-02-05
http://jdpalma.sensibilidades.com
- ¿No has visto a Joaquín, el carnicero, con una morenita de la mano?- le dice una mujer de mediana edad a otra.
- No, hoy no le he visto.
- Pues, pobre Matilde, lleva bien puestos los cuernos y no se ha enterado. El muy fresco iba radiante, con la cabeza bien alta. Yo creo que querían dejarse ver- gesticulaba con grandes ademanes haciendo parodia de lo visto.
- ¿Quién es Matilde?- pregunta con cierta incertidumbre la interlocutora.
- Su mujer, aquella desdichada que encima de llevar gran parte de la carnicería, le limpia, cocina y le aguanta, y es que, todos los hombres son iguales. Te descuidas un poco y zas…- sentencia con un sonido gutural la mujer que presume de exclusiva del mundo mundial.
- Ya lo sabes, mujer. No es nada nuevo, pero como me pase a mi, yo le corto los huevos. Te lo juro por lo más sagrado, que son mis hijos.
- ¡Ay, estos hombres…! Les gusta la carne fresca…- comenzaron a reír las dos, despidiéndose a continuación.
La vida se consume en el barrio entre barras de pan caliente y partidas de dominó interminables. Las viviendas tienen paredes palpables, pero con numerosas ventanas intangibles dejando desnuda la existencia del prójimo: aquél que te da los buenos días, el que te coge la bombona de butano, el que te abre la correspondencia por equivocación, el que te anima, el que vela el cuerpo difunto de tu suegra con lágrimas falsas en la cara, el que bosteza a las seis de la mañana tras una fuerte crisis de tos, la que mueve las sillas todas las noches o se pone tacones de aguja para una jornada de farra, aquel o aquella, que sabe de ti más que tú mismo…
- Joder con el carnicero, el muy jodido, menuda morena se ha echado- comenta mientras colocaba el seis doble para iniciar una nueva partida.
- Ya te digo, ni te cuento. Mi mujer me ha contado que la ha elegido bien joven y que ya no se esconde: pasea por el barrio con la cabeza bien alta, y no es para menos, si fuera yo haría igual.
- ¿Qué sabréis vosotros? Ni caso a vuestras damas. Yo, qué si lo he visto, os puedo contar que la tiparraca está de espanto. ¡Qué pechos, oigan!, ¡qué cintura!, de escándalo, para agarrar como perro de presa- babeaba el tercero en discordia-. Y más, menudo besazo le ha dado antes de entrar en el portal, ¡qué morreo! A saber cómo habrán terminado, bueno, me lo puedo imaginar…-comienza a reír a carcajadas dejando visible una dentadura de negros y grises-. Creo que ha echado a Mati a la puta calle, porque es de suponer…la morenaza llevaba una maleta bien grande. ¡Seguro que le ha dado boleto!, ¡qué cojones tiene Joaquín, el pollo!...
- Ahora el problema que yo veo es la tienda, ¿partirán la pechuga en dos o se lo quedará todo ella, como de costumbre en las mujeres?- tercia un cuarto que no perdía baza.
La luz disminuye, y con ella, la tarde se apacigua, se mansa. Ya no pasean las mujeres, los ancianos enfundan las petancas, los niños disfrazados de moratones y ropas rasgadas, suben con enfado hacia sus hogares. El baño, la cena, el telediario, la espera del hombre que viene del santuario…
- Oye, chaval, ¡ponte cuatro cervezas que paga este mequetrefe!
- Un segundo, un segundito, pero sin chaval- alega el camarero con desgana.
- ¡Mis muertos!, ¡mirar quién viene!- dice uno mientras descarga un pequeño premio en la tragaperras.
- Nada, vosotros como si nada, ¡dejadme a mí!...
Joaquín entra en el bar, observa, reconoce a los mismos de siempre, a los mismos compañeros de naipes, dados, juegos de azar y charlas.
- Paco, ¡ponme cuatro cervecitas, que hoy venimos secos!
- Hombre, Joaquín. No hacía falta que invitaras. Estamos servidos por el momento, ya sabes, el que pierde paga…- le dice el voluntario de interrogador.
- Pero, ¡qué coño dices!...A ti, ni agua…
Se vuelve abrir la puerta del establecimiento, cuatro cabezas se giran al unísono y reconocen perfectamente a la primera, la entrada de Matilde, quien viene acompañada de una pareja: un hombre igual que su marido Joaquín y una morena de órdago a la grande.
- Ya lo veis, somos cuatro, cuatro cañas. Dejadme que os presente a mi hermano gemelo y a su esposa que vienen de Francia.
La noche encierra deudas entre las almohadas, electrodomésticos de última generación, friegas banales de parejas, dolores de espalda, algún jadeo impropio y muchas confidencias diarias…
José Daniel.
14-02-05
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miércoles, febrero 09, 2005
Dulces sueños
Cerré la puerta. La noche era gélida. El frío había aparecido sin previo aviso. Arranqué mi vehículo con cierta dificultad, no era problema del motor de arranque ni de los calentadores del gasoil, era el hielo que lo apresaba todo. Atrás dejaba mucho, atrás la dejaba a ella en un pequeño albergue. La tristeza se había apoderado de mi persona, helándome más si cabe. Era la primera vez que decidía quedarse junto a sus amigos, dejándome regresar a casa sin un beso de despedida. ¿Estaría en punto muerto nuestra relación? No, no lo creo. Yo siempre la he querido.
Esta reacción inesperada me extrañó mucho porque no tuvimos ninguna discusión previa. El intercambio de palabras había sido nulo durante toda la noche, noche especial para mí. Ella centró sus atenciones en agasajar y hacer reír a todos nuestros amigos, más suyos que míos. La celebración de mis veintiún años no estaba resultando como yo lo había imaginado. Todo se venía abajo. Mis esperanzas de amanecer entre sus brazos serían para otra ocasión, dormiría solo otra noche más.
La pequeña comarcal que conducía a mi pueblo se había convertido en una senda siniestra: curvas brillantes presagiaban una salida de vía inesperada, árboles disfrazados acechaban con sus ramas famélicas, un silbido de viento invernal interrumpía mis sentidos: ninguna estrella, ninguna luz. Cinco kilómetros bastaban, cinco eternos kilómetros para descansar tras la celebración de mi malogrado cumpleaños. Llegué roto a casa.
Un sueño lento me descubría, poco a poco, las últimas imágenes de mi despedida. Me sentía ebrio, cansado, profundamente cansado.
- ¿Dónde vas, Miguel?- me dijo agarrándome la mano-. ¿Dónde vas?, ¿no crees que ya es suficiente por hoy? Acércate a nosotros y para de beber de una vez. Mañana serán dichosos los ojos que te vean.
- Es la penúltima, te lo prometo – contesté entrecortado, dándole a continuación un beso en la mejilla.
La habitación estaba llena, la música era atronadora. Había muchos corrillos alrededor de las estufas, vasos en alto, risas, alboroto, la fiesta estaba tocando su fin. El calor me apresaba, debía ser el alcohol o la condensación del humo del tabaco que agobiaba mi cerebro. Me ahogaba. Me dispuse a marchar con mucho sigilo, no aguantaba más.
- Miguel, ni lo pienses. ¡Dame las llaves, por lo que más quieras, dame las llaves!
- ¿Qué crees, que no soy capaz de llegar a casa? Estoy en perfectas condiciones para conducir – le dije.
- Ya, ni de coña. Y, además, ya no te acuerdas que está todo preparado para pasar la noche en el albergue. ¿Qué van a decir nuestros amigos? Dime…- el rostro le estaba cambiando a un aspecto dictador.
- Yo no digo nada. Si tú te quieres quedar, ahí te quedas. Me largo, no los aguanto.
Ella sabía perfectamente que cuando decidía algo, por muy excéntrica que fuera la idea, siempre la ejecutaba, y aquella decisión estaba tomada. Cerré la puerta.
Me desperté sobresaltado, un sudor frío recorría mis mejillas. No recordaba cómo había llegado a mi cama, sentía un sabor avinagrado en la boca, la garganta agrietada. Encendí la luz, levanté la mirada, había vomitado en el suelo. “Otra vez, maldita sea, otra vez”, me dije. Eran las diez de la mañana, la resaca se reflejaba en mi rostro, el dolor en forma de puyas hirientes golpeaba toda mi cabeza. “Una ducha, sí, una ducha”, pensé.
El vapor empañó el espejo, pero no mis pensamientos. Debía volver al albergue, pedir, una vez más, perdón a Eva. Seguro que ellos, los que se habían quedado, no más de dieciocho, estarían durmiendo. Sería una buena forma de reconciliación: churritos calientes con chocolate para todos ellos. Sería la continuación de mi fiesta de cumpleaños.
Salí a la calle, el hielo cubría el auto, debíamos estar a menos cinco grados. Abrí la puerta y rasqué con un viejo cassette la luna delantera. Arranqué con cierta dificultad.
Mientras conducía mis remordimientos me comían, era mala conjugación el olor a fritanga con los sinsabores de una noche amarga. “Yo la quiero, pero no aprendo”, me repetía.
La carretera seguía frágil, era una auténtica pista de patinaje y me resultó muy difícil llegar al albergue. ¿Cómo pude haber llegado a mi casa?...
Allí estaban los coches aparcados, todos blancos, todos bajo el fuerte carámbano de la noche anterior. No se escuchaba ninguna voz, ningún penitente madrugador a la vista. La puerta estaba cerrada pero sin fechar por dentro, esto me alivió. Abrí…
Una bofetada de aire corrupto me echó para atrás. Entre todos los olores rancios lo pude distinguir: gas.
El silencio lo era todo: sólo se percibía un leve sonido de los calentadores en el ambiente. Una paz sepulcral se había adueñado de los muchos cuerpos diseminados por el suelo. Debajo de los sacos de dormir nadie se movía, ningún ronquido, ningún gesto soñoliento, nada. Todos dormían profundamente. Recorrí absorto la habitación presagiando el horror. Encontré el cuerpo de Eva inerte, su cara no denotaba malestar, todo lo contrario, su bella sonrisa, la misma que me enamoró, estaba dibujada en su rostro.
José Daniel.
Esta reacción inesperada me extrañó mucho porque no tuvimos ninguna discusión previa. El intercambio de palabras había sido nulo durante toda la noche, noche especial para mí. Ella centró sus atenciones en agasajar y hacer reír a todos nuestros amigos, más suyos que míos. La celebración de mis veintiún años no estaba resultando como yo lo había imaginado. Todo se venía abajo. Mis esperanzas de amanecer entre sus brazos serían para otra ocasión, dormiría solo otra noche más.
La pequeña comarcal que conducía a mi pueblo se había convertido en una senda siniestra: curvas brillantes presagiaban una salida de vía inesperada, árboles disfrazados acechaban con sus ramas famélicas, un silbido de viento invernal interrumpía mis sentidos: ninguna estrella, ninguna luz. Cinco kilómetros bastaban, cinco eternos kilómetros para descansar tras la celebración de mi malogrado cumpleaños. Llegué roto a casa.
Un sueño lento me descubría, poco a poco, las últimas imágenes de mi despedida. Me sentía ebrio, cansado, profundamente cansado.
- ¿Dónde vas, Miguel?- me dijo agarrándome la mano-. ¿Dónde vas?, ¿no crees que ya es suficiente por hoy? Acércate a nosotros y para de beber de una vez. Mañana serán dichosos los ojos que te vean.
- Es la penúltima, te lo prometo – contesté entrecortado, dándole a continuación un beso en la mejilla.
La habitación estaba llena, la música era atronadora. Había muchos corrillos alrededor de las estufas, vasos en alto, risas, alboroto, la fiesta estaba tocando su fin. El calor me apresaba, debía ser el alcohol o la condensación del humo del tabaco que agobiaba mi cerebro. Me ahogaba. Me dispuse a marchar con mucho sigilo, no aguantaba más.
- Miguel, ni lo pienses. ¡Dame las llaves, por lo que más quieras, dame las llaves!
- ¿Qué crees, que no soy capaz de llegar a casa? Estoy en perfectas condiciones para conducir – le dije.
- Ya, ni de coña. Y, además, ya no te acuerdas que está todo preparado para pasar la noche en el albergue. ¿Qué van a decir nuestros amigos? Dime…- el rostro le estaba cambiando a un aspecto dictador.
- Yo no digo nada. Si tú te quieres quedar, ahí te quedas. Me largo, no los aguanto.
Ella sabía perfectamente que cuando decidía algo, por muy excéntrica que fuera la idea, siempre la ejecutaba, y aquella decisión estaba tomada. Cerré la puerta.
Me desperté sobresaltado, un sudor frío recorría mis mejillas. No recordaba cómo había llegado a mi cama, sentía un sabor avinagrado en la boca, la garganta agrietada. Encendí la luz, levanté la mirada, había vomitado en el suelo. “Otra vez, maldita sea, otra vez”, me dije. Eran las diez de la mañana, la resaca se reflejaba en mi rostro, el dolor en forma de puyas hirientes golpeaba toda mi cabeza. “Una ducha, sí, una ducha”, pensé.
El vapor empañó el espejo, pero no mis pensamientos. Debía volver al albergue, pedir, una vez más, perdón a Eva. Seguro que ellos, los que se habían quedado, no más de dieciocho, estarían durmiendo. Sería una buena forma de reconciliación: churritos calientes con chocolate para todos ellos. Sería la continuación de mi fiesta de cumpleaños.
Salí a la calle, el hielo cubría el auto, debíamos estar a menos cinco grados. Abrí la puerta y rasqué con un viejo cassette la luna delantera. Arranqué con cierta dificultad.
Mientras conducía mis remordimientos me comían, era mala conjugación el olor a fritanga con los sinsabores de una noche amarga. “Yo la quiero, pero no aprendo”, me repetía.
La carretera seguía frágil, era una auténtica pista de patinaje y me resultó muy difícil llegar al albergue. ¿Cómo pude haber llegado a mi casa?...
Allí estaban los coches aparcados, todos blancos, todos bajo el fuerte carámbano de la noche anterior. No se escuchaba ninguna voz, ningún penitente madrugador a la vista. La puerta estaba cerrada pero sin fechar por dentro, esto me alivió. Abrí…
Una bofetada de aire corrupto me echó para atrás. Entre todos los olores rancios lo pude distinguir: gas.
El silencio lo era todo: sólo se percibía un leve sonido de los calentadores en el ambiente. Una paz sepulcral se había adueñado de los muchos cuerpos diseminados por el suelo. Debajo de los sacos de dormir nadie se movía, ningún ronquido, ningún gesto soñoliento, nada. Todos dormían profundamente. Recorrí absorto la habitación presagiando el horror. Encontré el cuerpo de Eva inerte, su cara no denotaba malestar, todo lo contrario, su bella sonrisa, la misma que me enamoró, estaba dibujada en su rostro.
José Daniel.
sábado, febrero 05, 2005
Mordiscos y obsesiones
Imagen: Magiz Ziks
Hay cruces, heridas sobre pechos,
y cientos de coronas recordatorias
para un cuerpo mudo sin sentido.
Hay lágrimas contagiosas en rostros,
y un silencio que enmaraña el gentío
para un adiós último sin tacto.
Hay un ataúd, una señal clavada,
y dentro un cuerpo descansa
durante estos siglos sin luz.
y cientos de coronas recordatorias
para un cuerpo mudo sin sentido.
Hay lágrimas contagiosas en rostros,
y un silencio que enmaraña el gentío
para un adiós último sin tacto.
Hay un ataúd, una señal clavada,
y dentro un cuerpo descansa
durante estos siglos sin luz.
(Mordiscos y obsesiones impregnan
el aura de la vida)
José Daniel.
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