Microrrelatos, microtextos, microficciones, nanocuentos, breves, pensamientos...
sábado, mayo 29, 2010
Un relato (mío) para descargar.
Luna llena

miércoles, mayo 19, 2010
Noviciado

viernes, octubre 30, 2009
La merienda (micro)
A mamá siempre le ha gustado prepararme la merienda para el colegio, aunque intuyo que ella sabe que no me la como y que siempre la escondo. Ella insiste y persiste, así que, todas las mañanas la tengo dispuesta y envuelta dentro de mi mochila. A mí no me preocupa el comer, me siento gorda y fofa. No tengo problemas en buscar cualquier agujerito donde depositarla y taparla. Por el camino, desde mi casa hasta el colegio, la senda es larga y por ella sólo transito yo. Aún así, en estos últimos tiempos, estoy notando que su volumen es mayor. Ya no es un simple bocadillo de mortadela con aceitunas, ahora, hay veces que transporto manos, pies y cuero cabelludo, e incluso, una vez, me puso un recipiente con casquería: un hígado, dos riñones y un corazón. Esto me supone más esfuerzo pero lo sigo haciendo porque sigo estando rechoncha. Creo que tendré que hablar con ella, aunque prefiero hacerlo con padre, pero, ahora que lo pienso, hace tiempo que no lo veo.
José Daniel (2009-Guadalajara)
sábado, julio 04, 2009
domingo, junio 14, 2009
El reportero y el hurón

Un día, su pequeño hurón, le preguntó:
—¿No echas de menos a tu familia y a tu entorno?
Fríamente le contestó que no, que en su trabajo había conquistado su paz interior, y que por muchas bombas que cayeran o mucha sangre se derramará, él era feliz.
—¿Y no le temes a la muerte? —continuó.
—No, por supuesto que no.
—¿Qué te falta en la vida?
—Lo tengo todo: mi cámara, mi libertad, mi paz, mi reino, el amor que sé que me espera, te tengo a ti...
Pasaron años, guerras, huracanes, maremotos, aviones y torres derruidas, persecuciones mundiales... hasta que una mina oculta en un camino perdido del desconocido Mozambique, le sesgó los dos brazos, debiendo regresar a su casa. El tiempo de reportero eficaz y valiente quebró, volviendo a la cruda realidad de los días monótonos y aburridos en compañía de los suyos. El hurón, quien había salido ileso del accidente, le preguntó:
—¿Qué te pasa, qué echas en falta?
—Mi cámara, mi tercer ojo. El espacio y el tiempo...
—¿Eres feliz?
—Sí, supongo que si.
—¿Y no le temes a la muerte?
—Ahora que la veo tan cerca, sí... Se muere mi espíritu, lentamente, entre tantas envidias y codicias, entre tantas tentaciones e ímpetus que cada día me son más difíciles rechazar...
—¿Y por qué no marchamos?
—No, eso nunca. ¡Márchate tú! Tú que aún eres libre...
José Daniel.
sábado, mayo 30, 2009
La sala Montecarlos

Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: "Ahora vengo, mi amor. No tengas miedo, mamá estará muy cerca".
Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.
Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.
En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.
Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.
José Daniel.
sábado, febrero 21, 2009
Mundo atroz
José Daniel Palma
sábado, septiembre 20, 2008
¿Qué putas puedo? Jaime Sabines
Sus dos pies...

Sus dos pies
sostienen
un cuerpo
añejo,
descalza
camina
hambrienta
de amores,
herida
en llagas
recorre
la vida
buscando
los cuentos
contados
hace años
en busca
de pruebas,
pero no
descubre
su vida
anterior,
su historia
escrita
con rimel
describe
una mujer
pasional,
la joven
anciana
presiente
un pronto
declinar
y sólo
contempla
arrugas
en su piel,
en llantos
transita
la senda
del temor
a morir
sin saber
cómo fue.
José Daniel.
Imagen: http://dondetelleventuspies.blogspot.com
miércoles, septiembre 17, 2008
Dedicatoria - Leopoldo María Panero

Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.
De "Last River Together" 1980
viernes, septiembre 12, 2008
sábado, julio 26, 2008
La cuerda cortada (Bertolt Brecht)
miércoles, julio 23, 2008
Noches de cascabel

Noches de cascabel y hadas, duendes, gnomos y cañas.
Seré el innoble dormido vicioso en los insomnios de los miedos: miedo a un sin ti, y sin ti hasta luego, que para morir es mejor estar solo. En las noches, la enfermedad horaria me abarca, me aprisionan las dudas cayendo lágrimas de metal lascivas en mi almohada mojada que no tiene culpa.
Noches de sueños y cascabeles, credos, monsergas y rezos.
Jdpalma.
sábado, julio 19, 2008
Confesión (Charles Bukowski)

Esperando la muerte
como un gato
que va a saltar sobre
la cama
Me da tanta pena
mi mujer
Ella verá este
cuerpo
blanco
rígido
Lo zarandeará una vez y luego
quizás
otra:
...Hank...
Hank no
responderá.
No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi mujer
que se quedará con este
montón de
nada. Quiero que
sepa
sin embargo
que todas las noches
que he dormido a su lado
Incluso las discusiones
más inútiles
siempre fueron
algo espléndido
Y esas difíciles
palabras
que siempre temí
decir
pueden decirse
ahora:
Te amo.
Charles Bukowski

