Microrrelatos, microtextos, microficciones, nanocuentos, breves, pensamientos...
miércoles, marzo 01, 2006
sábado, febrero 25, 2006
Blancanieves se despide de los siete enanos, de Leopoldo María Panero
Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.
"Así se fundó Carnaby Street" 1970

domingo, febrero 19, 2006
Libérrimos haykus...
viernes, febrero 17, 2006
Espantapájaros (fragmento)- Oliverio Girondo

"Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo - me pregunto – todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues mís profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, que antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda."
Oliverio Girondo
Fotografía: Bogdan Jarocki
miércoles, febrero 15, 2006
Esmaltes protectores (V1.0)
Asoman mentiras en nuestro jardín
y aún no es primavera.
Las noches, amor,
se tiñen ebrias de silencios
desligando gemidos nebulosos
y garúas intangibles de sueños.
Los días pincelan esmaltes protectores,
barnices para porcelanas que deambulan
sobre precipicios de falacias.
La alianza quema,
incendian anulares deshaciendo efemérides:
marcas de agujas perennes para la evocación
de azules proyectos con propaganda subliminal.
Es hora de romper cáscaras famélicas;
separar arpones de estacas etéreas;
vivir uniseparados sin acritud.
¿Por qué no sincerar palabras
mientras el carámbano seca las mentiras?
(Afloran amaneceres en nuestro edén
y aún no te he hallado...)
José Daniel.
y aún no es primavera.
Las noches, amor,
se tiñen ebrias de silencios
desligando gemidos nebulosos
y garúas intangibles de sueños.
Los días pincelan esmaltes protectores,
barnices para porcelanas que deambulan
sobre precipicios de falacias.
La alianza quema,
incendian anulares deshaciendo efemérides:
marcas de agujas perennes para la evocación
de azules proyectos con propaganda subliminal.
Es hora de romper cáscaras famélicas;
separar arpones de estacas etéreas;
vivir uniseparados sin acritud.
¿Por qué no sincerar palabras
mientras el carámbano seca las mentiras?
(Afloran amaneceres en nuestro edén
y aún no te he hallado...)
José Daniel.
martes, enero 17, 2006
Creo que he muerto
Creo que he muerto, pero no lo puedo afirmar pues a mi alrededor sigue habiendo gente. Mucha gente, demasiada gente, multitud de seres que me agobian aunque no pueda sentir sus golpes ni escuchar sus gritos. Creo que he muerto, pero no lo sé pues me faltas tú y ahora que lo recuerdo, fui yo quien te disparo primero. Creo que he muerto, pero no me fío pues hace tiempo que sentí que vivir era lo más parecido a lo que me habían contado de la muerte. Creo que he muerto pero no me molesten.
José Daniel
Enero-2006
martes, diciembre 27, 2005
2ª Antología Internacional Forum Letras Libres
Ya está disponible la 2ª Antología Internacional Forum Letras Libres, formato pdf. Se puede descargar en la siguiente dirección:
No os arrepentiréis.
No os arrepentiréis.
miércoles, diciembre 14, 2005
lunes, diciembre 05, 2005
06:24 am

Alguien
desliza unas manos frágiles,
envolviendo mi torso desnudo.
El llanto descansó,
se apagaron los latidos del reloj,
se filtró un nuevo día
por las celdas que dibujan las cortinas.
Sin querer aún partir,
rodeo su espalda,
despidiendo este minuto injusto
que hizo de mi un naufrago loco.
Amanece y su figura se esconde
entre las sábanas calientes y el hueco
de la almohada le atrapa una vez más.
Antes de salir,
percibo su aroma,
rozo su piel,
atrapo su mirada,
para tejer mi presunción de inocencia,
tras los pasos de dos efebos custodios.
Todo ha sido un sueño extraño,
pero el cajón
sigue abierto
y ella no habla.
José Daniel
* Con este poema se cierra "Despertar incierto". Os podéis descargar el mismo en la siguiente dirección: http://es.geocities.com/jd_palma/Despertar_incierto.pdf
Espero que os guste y saquéis pareceres y conclusiones. Serán bienvenidos tanto en este blog como en mi correo personal: jdpalma@terra.es
viernes, noviembre 25, 2005
Cuántas veces

Cuántas veces,
en el silencio del agua mansa,
al final de un callejón con cinco arcos sin salida,
en el margen de una travesía
solitaria, has dejado caer tus llantos.
Unas manos cubren tu rostro, otras te apresan,
te sostienen, nos sujetan con astucia
terciopelo y, un segundo después, se evaporan
sin saber que el roce ha calado en nuestro interior
como una señal que perpetua un recuerdo.
Manos invisibles que alrededor bailan
como vientos implicados de dulzura en el discurrir
de un juego de niño. Escondite para unas caricias
envueltas en papel traslúcido, albas, espirituales,
próximas y nobles que no hace falta ningún
vestigio para encontrar aposento tan protegido.
Pero me dirás -y no te culparé- que no hay nadie, que el mundo
sucumbió un día de noviembre bajo el manto de hojas muertas,
y que tu cuerpo, tu tacto, y tu desnudo silencio
sigue sin hallar el roce de esta levedad.
No sufras, lo que ahora se presenta ciego
y amargo para el sufrimiento de tus llagas en el abismo,
se fortalecerá con el ahínco de esas manos que no
invento porque soy tú, soy él, somos nosotros.
El hombre por y para el hombre, y digo hombre,
no superhombre y sus circunstancias.
Poema: José Daniel.
miércoles, noviembre 23, 2005
Estimado Sr/a Dios/a

Estimado Sr/a Dios/a:
Te escribo esta carta para comentarte que todo lo que creaste a mi alrededor, se está yendo a la mierda. Todo.
¿Qué cojones pensaste? ¿Te crees que puedes jugar a tu antojo conmigo y que ni siquiera tenga el gusto de criticarte? Estás equivocado si pensabas que me iba a quedar callado. Estás omitiendo mi derecho a súplica, mi deseo de gritarte que estoy harto, hasta los cojones de tener que despertar y ver mis miserias. Ya no me quedan gotas de sudor para afrontar los nuevos retos que por otro lado son malévolos como tú solo.
Primero me dejaste sin mujer. No es que la matarás, no, eso hubiera sido un premio, un bombazo en mi esquelético cuerpo. No, no fue eso, no, fue peor: se la distes al vecino gañán de enfrente, a ese idiota que camina con un libro bajo el brazo y se cree intelectual y bien hablado. A ese energúmeno que cuando bajamos juntos las escaleras me saluda atentamente y cuando ya no sabe que decir me espeta que el tiempo va a cambiar. ¡Claro que va a cambiar! En mi cama las sábanas se helarán, mientras en la suya un torrente de calor se apoderará de su miembro viril, abriendo de par en par un palacio antes conquistado por el ladrón que llevo dentro. ¡Qué pena me doy! Ese ladrón está en prisión desde que marchó y todo por tu culpa viejo/a.
Luego te llevaste a mis hijos bajo el vicio de las drogas sin apenas darme cuenta y sin dejarme despedir. Más tarde, y bajo el gozo lento de la mente más perversa, me atrapas con un cáncer de huesos. O sea, despido laboral, ruina monetaria grave y para más INRI me atropella un jodido auto sin causarme la muerte. He intentado suicidarme con todas las ofertas que internet y la prensa me ofrecen, pero tampoco. Siempre te has volcado a fondo para que mis intentos se vayan al garate. ¡Joder! Si tan mal me quieres podrías dejar abierta una ventana para que tu primo Satanás venga y me lleve. Ya, no me digas más: “Al enemigo ni agua”. Pues que sepas que no quiero ser partícipe de líos familiares.
¡Qué! No está mal, verdad. ¿Qué me aguarda a partir de ahora? No sé, dímelo tú, tú que estás en todos los sitios, todos los lugares.
¿Una tortura aún más cruel y ser además actor protagonista de una película de tercera? ¿Caminar desnudo por un centro comercial bajo la atenta mirada de un grupo escolar de visita guiada? ¿Qué? Te estoy dando ideas para que tu sarna siga viva contra mi persona. ¡Ea! Aquí estoy, pero que sepas que lo único que te pido de verdad es la muerte, pero una muerte que no venga disfrazada con epitafios ni rezos, y por supuesto, tampoco sesiones de reconciliación ni juicios postreros.
Ya sabes...
Sin otra cosa en particular, me despido y espero que sea para siempre;
José Daniel.
Te escribo esta carta para comentarte que todo lo que creaste a mi alrededor, se está yendo a la mierda. Todo.
¿Qué cojones pensaste? ¿Te crees que puedes jugar a tu antojo conmigo y que ni siquiera tenga el gusto de criticarte? Estás equivocado si pensabas que me iba a quedar callado. Estás omitiendo mi derecho a súplica, mi deseo de gritarte que estoy harto, hasta los cojones de tener que despertar y ver mis miserias. Ya no me quedan gotas de sudor para afrontar los nuevos retos que por otro lado son malévolos como tú solo.
Primero me dejaste sin mujer. No es que la matarás, no, eso hubiera sido un premio, un bombazo en mi esquelético cuerpo. No, no fue eso, no, fue peor: se la distes al vecino gañán de enfrente, a ese idiota que camina con un libro bajo el brazo y se cree intelectual y bien hablado. A ese energúmeno que cuando bajamos juntos las escaleras me saluda atentamente y cuando ya no sabe que decir me espeta que el tiempo va a cambiar. ¡Claro que va a cambiar! En mi cama las sábanas se helarán, mientras en la suya un torrente de calor se apoderará de su miembro viril, abriendo de par en par un palacio antes conquistado por el ladrón que llevo dentro. ¡Qué pena me doy! Ese ladrón está en prisión desde que marchó y todo por tu culpa viejo/a.
Luego te llevaste a mis hijos bajo el vicio de las drogas sin apenas darme cuenta y sin dejarme despedir. Más tarde, y bajo el gozo lento de la mente más perversa, me atrapas con un cáncer de huesos. O sea, despido laboral, ruina monetaria grave y para más INRI me atropella un jodido auto sin causarme la muerte. He intentado suicidarme con todas las ofertas que internet y la prensa me ofrecen, pero tampoco. Siempre te has volcado a fondo para que mis intentos se vayan al garate. ¡Joder! Si tan mal me quieres podrías dejar abierta una ventana para que tu primo Satanás venga y me lleve. Ya, no me digas más: “Al enemigo ni agua”. Pues que sepas que no quiero ser partícipe de líos familiares.
¡Qué! No está mal, verdad. ¿Qué me aguarda a partir de ahora? No sé, dímelo tú, tú que estás en todos los sitios, todos los lugares.
¿Una tortura aún más cruel y ser además actor protagonista de una película de tercera? ¿Caminar desnudo por un centro comercial bajo la atenta mirada de un grupo escolar de visita guiada? ¿Qué? Te estoy dando ideas para que tu sarna siga viva contra mi persona. ¡Ea! Aquí estoy, pero que sepas que lo único que te pido de verdad es la muerte, pero una muerte que no venga disfrazada con epitafios ni rezos, y por supuesto, tampoco sesiones de reconciliación ni juicios postreros.
Ya sabes...
Sin otra cosa en particular, me despido y espero que sea para siempre;
José Daniel.
martes, noviembre 22, 2005
lunes, noviembre 21, 2005
01:56:00 a.m.

Perdí todo,
no tengo nada, y en espejismos
me sumerjo
buscando rescatarla.
Soy un alacrán en desiertos pétreos,
y mis pasos se encaminan
entre dunas de marfil que decoran el horizonte.
A lo lejos, mi mujer reposa rodeada
de bambúes y diamantes infinitos,
entre gentes de otros lugares, extraños
hijos de metal y lanzas prohibidas.
La he visto frágil y vulnerable,
pero la cortina intangible que me sujeta,
me ahoga como la tierra sobre mi ataúd.
Alguien se arrodilla junto a ella,
le tiende una sonrisa de nácar
y acepta sus plegarias.
Se va,
se van entre claros y nubes,
desembocando una tormenta de ira,
tempestad que me arrastra a un levitar profundo.
Duermo...
José Daniel, de "Despertar incierto".
viernes, noviembre 18, 2005
¡Qué sueño tan cruel!

¡Qué sueño tan cruel! ¡Qué pesadilla tan desagradable!: un terremoto sacudía con fuerza mi espacio, numerosas contracciones iban y venían, abriendo un desfiladero por donde se fueron, de súbito, los mares y ríos de mi planeta.
A lo lejos, voces y gritos, ecos metálicos, llantos y risas, proclamas, y un foco que proyectaba una luz intensa en esa oquedad que se iba haciendo cada vez más amplia. ¡Qué angustia para mi paz! ¡Qué naufragio tan brutal! De pronto, aprecié unas manos sobre mi cabeza: unos dedos largos y fuertes me agarraban con sumo cuidado, pero esta sensación desapareció por unos instantes. Momentos en que sentí morir, que me ahogaba, que sucumbía asfixiado. Pero la tragedia de este mal sueño no quedaba aquí: algo succionó mi testa de forma bestial, lanzándome de forma directa al abismo...¡No, no, no...!
Desperté con la sensación de haber recibido una paliza, de haber sido partícipe de un combate sin final. Abrí los ojos, y me di cuenta que ya nada era lo mismo: alguien había cortado el cordón de mi supervivencia, mientras muchas caras me observaban con gestos de incredibilidad.
José Daniel.
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